POSTEO 15C: Los niños ferales
Los niños salvajes o niños ferales son aquellos que han permanecido los primeros años de su vida en aislamiento, es decir, sin contacto con otros seres humanos. Éstas son algunas historias, por cierto, no tan idealizadas como las de Mowgli y Tarzán.
El niño de Hamelin. En julio de 1724 un campesino de la localidad alemana de Hamelin encontró un joven moreno e hirsuto vagando por el campo. Lo atrajo con dos manzanas y lo capturó. Al muchacho, de unos 12 o 13 años, le pusieron el nombre de Peter e intentaron educarlo. Sólo comía hierbas y carne cruda con las manos y en cuclillas; no hablaba, creían que por una anormalidad en la lengua, y una y otra vez intentaba escapar. Peter fue obsequiado como curiosidad animal al rey Jorge I de Inglaterra, y después pasó a ser el protegido de la princesa Carolina de Gales. Fue observado y estudiado por el doctor John Arbuthnot y sus amigos Alexander Pope y Jonathan Swift, pero no lograron integrarlo a la civilización. Finalmente fue llevado a Hertfordshire, donde un campesino lo cuidó hasta su muerte. Nunca aprendió a decir más de dos o tres palabras y jamás se le vio sonreír.
El hijo del bosque. Las ideas ilustradas de Rousseau y otros acerca del buen salvaje —el hombre es naturalmente bueno y es la sociedad la que lo corrompe— tuvieron oportunidad de ser demostradas cuando en 1799 un niño feral fue capturado vagando por la región de Aveyron. Aparentaba unos 12 años y se le había visto antes en un bosque cercano a los Pirineos, al sur de Francia. Dos veces había sido capturado y dos veces había escapado, pero en la tercera, fue nombrado Víctor y llevado a una institución para sordomudos en París, donde el profesor Jean Marc Gaspard Itard se dedicó a cuidarlo, enseñarlo y estudiar su caso. Durante cinco años trabajó con él e hizo algunos progresos gracias a las técnicas de imitación y condicionamiento, pero al final Itard se dio por vencido. El pequeño no era peligroso para la sociedad, pero era incapaz de asimilarse a ella o de ser independiente. Víctor se quedó con la señora Guérin, ama de llaves de Itard, quien lo cuidó durante 20 años hasta la muerte de este buen salvaje. Su caso está documentado en un libro de Itard y en la película L’enfant sauvage —El pequeño salvaje— (1970), de François Truffaut.
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